Le echa una mirada de reojo al móvil y tiene ganas de usarlo aunque sabe que no debe hacerlo. Quiere, necesita, que alguien la apoye sinceramente, solo por el placer de querer animarla y no por cortesía o para auto consolarse en aquellos días oscuros. Añora a Ami más que nunca, porque nunca habían pasado tanto tiempo separadas y superadas, y la cama sigue oliendo a Matt.

Entonces, la pantalla del bendito móvil se ilumina y le llega un mensaje de remitente desconocido. No importa, porque sabe quién es. Solo ella conoce ese número. Solo ella le manda mensajes.
Trata de no agobiarte. Come y duerme bien, o no estarás a tope. Te quiero>>
Es escueto pero dulce a la vez. Le sobra. Por primera vez en días, se siente algo realizada. Irónicamente ya no necesita el texto, porque lo tiene memorizado, así que lo borra y recuesta la cabeza sobre la almohada. Siente que apenas huele a nada.

Cierra los ojos. Descansa.

domingo, 6 de junio de 2010

Las dos caras de la moneda



Creo que he cambiado un poco el estilo de las viñetas, y también los personajes. Pero bueno, como véis, no en todos los caso. Siempre queda un huequecito para los de toda la vida, como mis gemelos favoritos.




*_*_*_*_*_*_*_*_*


Aburrido.

- ¿Qué tal si me pongo esto?

Aburrido.

- Pero no tengo zapatos que combinen.

Aburrido. Aburrido. Aburrido.

- ¿Tú qué opinas, Zhoin? ¿Me pongo los zapatos blancos o la camisa que compramos el otro día?

A.B.U.R… Espera, ¿aburrido va con una r o con dos?

- ¡Zhoin!

El chico parpadeó y miró a su gemelo con ojos desubicados. Sabía que Zhenon le había estado hablando todo el rato, pero para hacer honor a la verdad, no le había escuchado.
- ¿Eh?
- Que qué opinas – gruñó el menor (aunque fuera solo por seis minutos)
- Mm, que estás muy guapo.

Respuesta equivocada. Zhenon entornó los ojos y le dio la espalda, molesto. “No sé ni para qué te pregunto”, refunfuñó. Zhenon siempre había sido el gemelo sensible, el presumido, al que le importaba la imagen y todo lo que hubiera que decir, al que le gustaba hablar. Zhoin era el gemelo rudo, el silencioso, al que le gustaba el fútbol y prefería ver como se quitaban la ropa en lugar de ponérsela. Más allá de la última peca, los gemelos Narkis eran muy diferentes.
Y sin embargo se entendían a la perfección.

- Ponte los vaqueros pitillos y el suéter morado de Lacoste – dijo Zhoin. El otro lo observó críticamente a través del espejo.
- ¿Tú crees que es lo más adecuado para la cena de familia? – murmuró. El otro se encogió de hombros.
- Ni idea. Pero me encanta como te queda.

Por toda respuesta, Zhenon sonrió. Se habían entendido.

He tenido mi tiempo

¡Hola! Esta entrada es una entrada simple, sin historia, solo para reflexionar. Cualquiera podría pensar que he dejado de escribir (nada más alejado de la realidad) cuando lo que en realidad he hecho ha sido, simplemente, tomarme un respiro. Ni siquiera sé de que necesitaba descansar, pero ayer me metí de nuevo por aquí (de hecho, me metí en el blog de Alexandra, una joyita llamada The red carpet of life) y pensé que ya era hora de ponerse a ello en serio.

Ya he tenido mi tiempo. Ya he descansado. Es la hora de regresar.


domingo, 16 de agosto de 2009

Lógica


Para Zhoin y Zhenon era lógico quererse del modo que se querían.
Se miraban, se acariciaban y se amaban, porque de algún modo era algo inevitable, obvio, aunque por otra parte también resultaba raro, sucio, monstruoso.
Ninguno de los dos sabía exactamente cuando había empezado todo, cuando el amor fraternal que deberían sentir el uno por el otro había crecido y fortalecido hasta convertirse en aquella necesidad azuzante que les embargaba cuando estaban separados.

Tenían siete años la primera vez que se besaron. Acababan de acostarse en su enorme cama de doseles (porque desde bien pequeñitos se habían acostumbrado a dormir juntos), y Zhenon se había acurrucado sobre el pecho de Zhoin para estar más cómodo. Habían estado hablando un rato, y entre juegos y cosquillas habían acabado juntando los labios. Primero e quedaron un poco sorprendidos y cortados, pero al notar que aquello les gustaba y al no saber exactamente que estaba mal (pues sus padres bien se besaban, ¿no?) siguieron compartiendo besos suaves y tiernos.
Crecieron un poco y empezaron a darse cuenta de que lo que hacán no era bien visto. Ellos no entendían porqué, pues para ellos amarse era un hecho obvio y natural, algo que les salía de dentro sin que pudieran – ni quisieran – evitarlo, pero de todos modos comprendieron que lo que tenían que hacer era mantenerlo en secreto para todo el mundo, incluso para sus padres y amigos, y fingir que su amor no era nada más que una increíble capacidad de compenetración entre gemelos.

No podían estar el uno sin el otro, no podían estar separados, por eso habían aprendido a aceptar y amar lo que al otro le gustaba, a entender lo que el otro pensaba sin necesidad de palabras. Como si fueran una sola persona.


Muy pocos conocían la extraña relación que les unía, y todos habían reaccionado de diferente manera. Erive Sagami, el mejor amigo de ambos, fue el primero en saberlo (aunque fuera por accidente). El pelirrojo había sorprendido a los gemelos en plena operación de intercambio de saliva, y decir que había resultado un shock para él era quedarse cortos. El muchacho se alejó de ellos, incluso les retiró la palabra durante semanas, pero finalmente y después de mucho esfuerzo por parte de los Narkis para tratar de ser perdonados, Erive había acabado comprendiendo lo que sentían y lo había aceptado, prometiendo guardar el secreto. La parte buena de todo aquello era que su amistad se había fortalecido mucho, y la mala fue que a partir de entonces Zhoin y Zhenon empezaron a “jugar” con él a modo de broma para ponerle nervioso.
La siguiente en enterarse fue Anna Kaiziya, la novia de Erive. Por decirlo de algún modo, ella les pilló enseguida, pues el mismo día que el pelirrojo les presentó a su flamante novia escritora, la chica les dedicó una mirada entre confundida, divertida y comprensiva. Con Anna les llegó una especie de bálsamo tranquilizante, pues aunque a pesar de que nunca habían hablado del tema propiamente dicho, la chica no mostró nunca disconformidad ni rechazo, ganándose así un gran cariño por parte de los gemelos, quela nombraron como algo así como “la mujer de sus vidas”. Le metían mano de vez en cuando, por supuesto, pero no había nada por lo que preocuparse porque al fin y al cabo también se lo hacían a Erive. Era un poco su manera de fortalecer la amistad.
Los últimos en saberlo fueron Kanei, el hermanastro de Erive, y Didyme Kusôu, su chica. Ambos habían venido a pasar unos días con la familia (o para presentar a la chica a los padres de Kanei después de haber pasado una historia de lo más interesante allí donde vivían), y se habían enterado también por casualidad. Se conocían muy poco, ya que al fin y al cabo la pareja había ido a visitar a la familia y ellos eran tan solo los amigos de su hermano, pero tampoco es que hubieran reaccionado del todo mal. Didyme, la espectacular chica rubia, había gritado y se había escandalizado, segura de que aquello era una monstruosidad, pero una oportuna intervención de Kanei había salvado la situación, evitando que se convirtiera en algo insalvable.
“Vamos, si eso es lo que ellos quieren, ¿qué más te da?”, le había preguntado.
Kanei les sonrió y siguió charlando animadamente con ellos, tal y como había hecho Anna en su momento, y Didyme, aunque al principio les dirigía miradas recelosas, no se separó de él y acabó por aceptar mantener conversaciones normales con los gemelos.


Y Zhoin y Zhenon eran así felices, porque las personas que ellos querían los aceptaban tal y como eran, y porque no les importaba nadie más salvo ellos. Y se querían, y se amaban aunque fuera raro.
Porque para Zhoin y Zhenon era lógico amarse del modo que se amaban.

sábado, 8 de agosto de 2009

Jane y Daisuke


Pues aquí traigo un par de viñetas de Jane y Daisuke, estos dos personajes que, aunque me gustan mucho, casi nunca dibujo y tienen una historia elaborada tan solo en mi mente. Es una de esas cosas incomprensibles...
La primera viñeta relata como se conocieron.
La segunda es una pequeña erxplicación de como Jane ve el mundo y como Daisuke ve a Jane.
Espero que os gusten (A mi al menos me gustan xD)
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A Daisuke le gustaba la playa. Su primo Samuel se burlaba de él y decía que cuando iban se comportaba como un crío con juguetes nuevos, pero igualmente le acompañaba siempre. Daisuke chapoteaba en el agua, o paseaba por la orilla con su sonrisa de conquistador que se lo tiene creído, pavoneándose de su cuerpazo ante toda la población femenina. A Daisuke le gustaba que todas le hicieran caso. Adoraba arrancar suspiros o sonrisas coquetas, que las muchachas se le acercaran y le invitaran a tomar helados o a ponerles crema en la espalda. También le gustaba que Samuel rodara los ojos o negara con la cabeza, porque aunque su primo desaprobase su actitud, no dejaba de acompañarle a la playa y, de paso, sacar tajada.
A veces, Daisuke se limitaba a pasar la tarde. Jugaba en el agua, tomaba el sol y construía castillos de arena, con todas sus torres y torreoncitos.
En esas estaba aquella tarde. Samuel hacía rato que se había quedado frito en su toalla al ver que no había previsiones de acción, y Daisuke se encontraba perfilando la muralla de su castillo de arena. Le estaba quedando realmente bien, una construcción de la que podría sentirse realmente orgulloso, y se encontraba afianzando las bases de su castillo cuando un pie desconocido – un pie fino, delgado y paliducho – hizo acto de presencia y destrozó su preciosa obra de arte ante sus narices.
“¡Eh!”, gritó Daisuke todo enfadado, levantándose como un resorte. “¿Pero que haces? ¿Estás ciega o qué?”
Una chica que había destrozado su castillo se detuvo y se volteó. Era menuda y delgada, tan paliducha como su pié daba a entender, y con una larga cabellera castaña. Levantó la cabeza hacía él, mirándole con unos ojos de color azul cielo, claros, grandes y cubiertos por una especie de capa lechosa.
“Si”, dijo la muchacha en su dirección, sin verlo realmente. Hizo un mohín con los labios, mostrándose culpable. “Lo siento”.
Daisuke se quedó callado con expresión idiotizada, completamente sorprendido. Se sintió culpable por haberle hablado tan rudamente, pero no encontró la voz para disculparse.
“¡Jane!”, gritó una mujer, seguramente la madre de la chica ciega, acercándose a ellos dos. “Jane, te dije que me avisaras si querías ir al agua”.
“Lo siento mamá”, dijo Jane con la misma expresión de culpabilidad, tocando a su madre en los brazos para poder verla a su manera. “¿Está todavía ese chico aquí?”.
“Eh… Si”, se apresuró a decir Daisuke al ver la mirada interrogante de la mujer.
“¿Me perdonas?”
“Oh… Claro. ¿Me perdonas tu a mí por, eh… Hablarte de ese modo?”
“Claro que sí”. La chica sonrió con expresión ausente, alargando un poco la mano en su dirección. “Me llamo Jane”.
“Daisuke”, respondió encajando su mano y sintiendo raro el contacto. “¿Puedo acompañarte al agua?”
Jane sonrió más, apretando más fuerte la mano que sostenía con Daisuke, y separándose de su madre tras hacerle un gesto tranquilizador.
“Claro”.



A Jane le gustaba tocar. Ella, que estaba privada del don de la vista, usaba las manos para ver, tocando todo aquello que la rodeaba hasta ser capaz de reconocerlo. Era bien cierto que todos sus sentidos estaban superdesarrollados para compensar la carencia de sus ojos, y que le gustaba oler y escuchar, pero sin duda el tacto era el sentido que más utilidad le daba.
Jane lo tocaba todo. Tocaba la porcelana de los platos, reconociendo los dibujitos que estos tenían en relieve. Tocaba la madera de los muebles hasta saber donde estaba cada cosa. Tocaba las briznas de hierba y acariciaba las flores hasta que era capaz de hacerse una idea de lo que la rodeaba.
A Jane le gustaba tocar a Daisuke. Era cierto que, con el tiempo, habían llegado a conectar tanto que ella era capaz de sentir al muchacho cuando estaba cerca, aunque este tratara de moverse sin hacer ruido, y sabía como se sentía en cada momento aunque no viera la expresión de su cara. Pero le gustaba tocarle. Cuando estaban cerca, Jane estiraba las manos y le acariciaba los cabellos, tan suaves y cortitos, o paseaba las yemas de sus dedos por la cara del chico, delineando sus labios y conociendo sus facciones. Le tocaba las manos, grandes y callosas, y se sentía protegida cuando la rodeaba con sus fuertes brazos. Tocaba sus prendas de ropa hasta el punto de haber seleccionado sus favoritas, y Daisuke solía decirle que tenía muy buen gusto, porque eran precisamente las piezas que mejor le quedaban.
“Ojalá pudieras ver”, dijo Daisuke un día, con la cabeza apoyada sobre las piernas de Jane y con las manos de la muchacha acariciándole distraídamente. “Ojalá, así podrías ver lo guapa que eres, y los lugares a los que vamos. Así podrías verme”.
Jane rió con dulzura, ganándose una mirada interrogante del muchacho (y ella supo que Daisuke la había mirado así, aunque no pudiera haberlo visto), y luego estiró la mano para acariciarle la mejilla.
“Tienes razón”, dijo. “Me gustaría poder ver. Me gustaría saber como son los colores, como son las personas que salen por la tele, y ver el paisaje cada vez que quiero. Pero no pasa nada, Dai. No pasa nada porque te veo a ti. Y con eso me basta”.
Daisuke sonrió y acarició la mano de Jane sobre su mejilla.
“¿Y soy guapo o qué?”, preguntó prepotentemente.
“Mucho”, sonrió y luego hizo una especie de puchero. “Me pregunto si yo estoy a tu altura, si hacemos buena pareja”.
“A tu lado, yo estoy a la altura del barro”, aseguró Daisuke. “En el fondo es una suerte que no me veas, porque seguro que me dejarías”.
“Tonto”.
“Guapa”.
“Te quiero”.
“Y yo a ti”.


A Daisuke le gustaba Jane, y a Jane le gustaba Daisuke. Y eso era perfecto.

Mi querida columnista


Bueno, esta es una pequeña viñeta entre Natsuki y Layna, las dos chicas del dibujo, y la relación que las une a pesar de ser tan diferentes. Tenía que explicarlo XD Era una de mis materias pendientes.
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“¿Cómo has dicho?”
“Mi querida columnista”
“¿Tu querida columnista?”
“Sip, eres mi querida columnista”

Natsuki parpadeó un par de veces y luego se sonrojó. Bajó la mirada hasta su batido de fresas y fingió que lo encontraba lo más interesante del mundo.
Frente a ella, haciendo una burbuja con su refresco, Layna se comportaba con fingida indiferencia.

“Eres un poco rara”, dijo la mayor, ganándose una sonrisa de la rubia.
“Ya lo sé, pero no es culpa mía”, se excusó Layna. “Antes de conocer a mi novio, yo era una persona muy cuerda”
“Ya…”

Estaban las dos en la terracita de una heladería. Aquella tarde de verano estaba resultando de lo más calurosa y Natsuki no podía entender como la joven rubia parecía estar tan fresca. Ella no podía soportar el calor, le daban sofocos y se sentía menopáusica (aunque solo tuviera 23 años), en cambio Layna parecía aguantarlo estoicamente. Gruñó por lo bajo, imaginando que en invierno, mientras ella tendría la nariz roja y los dientes castañeando de frío, Layna seguiría pareciendo ajena a todo como una diosa. Aquello le dio un poco de rabia.

“Y, aparte de escribir, ¿qué te gusta hacer?”
“Eh… Pues mmm… Me gusta… La jardinería, por ejemplo”, dijo Natsuki tras los titubeos.
“¿Te lo acabas de inventar?”
“Más o menos. A ver, me gusta la jardinería (de hecho, mi suegra es una experta y me ha enseñado mucho) pero no es que sea una verdadera afición”
“¿Entonces?”
“No tengo muchas”, Natsuki volvió a enrojecer. “Desde pequeña me he limitado a hacer lo que tenía que hacer para salir adelante sola. Escribir es lo único que hacía medianamente por placer”
“Oh… ¿Y fue muy duro? Tu niñez, quiero decir”. Ahora era el turno de Layna de mostrarse tan interesada como vacilante.
“Bastante duro, si. Pero tampoco estoy tan mal?”
“¡Qué va! Eres estupenda”.

Natsuki volvió a enrojecer ante el halago.
Había conocido a Layna un par de meses atrás, cuando por casualidad, mientras hacía la compra semanal con Evan, la muchacha la había detenido para preguntarle si era Aoi Natsuki, la columnista del diario de la ciudad.
“Soy una gran admiradora tuya”, le había dicho la rubia con los ojos brillantes, dejando tanto a Nat como a Evan con la boca entreabierta.
Lo que había sorprendido a la castaña, pero, no había sido lo mismo que lo que sorprendió a su pareja. Si bien se había sorprendido al ser reconocida por alguien que afirmaba ser su fan (cuando hasta la fecha ni siquiera había estado segura de que alguien leyera su columna), lo que más impactó a Natsuki fue el encontrarse frente a frente con el doble en rubio de su hermana muerta catorce años atrás.

“¿Y dices que no estás emparentada con los Natsuki por ningún lado?”, le había preguntado a Layna aquel mismo día de conocerse, cuando fueron a tomarse un café.
“Yo diría que no. La familia de mi madre era toda alemana, y que yo sepa por parte de padre no tengo ningún familiar apellidado Natsuki. ¿Por qué lo preguntas?”

Y Natsuki le contó a Layna lo de su parecido con su difunta hermana Somii, ganándose una mirada emocionada de la rubia, que prometió investigar a fondo para descubrir si estaba emparentada con su ídolo mediante lazos reales de sangre.
Después de aquel primer día volvieron a verse varias veces más. Aunque Layna no había podido sacar nada en claro de la posible relación entre las familias de ambas, no perdía ocasión de verse con ella para pasar las horas charlando. Natsuki se sorprendió a sí misma disfrutando de aquellos encuentros con Layna, a pesar de que la rubia era muy jovencita y que ella misma, por su carácter y modo de hacer tranquilo, se comportaba como alguien mayor y la diferencia entre ambas era gigante.
Porque ella se sentía bien con Layna.

“Eso es porque es tu amiga”, le había dicho Evan, orgulloso de ella. Y es que los amigos de Aoi Natsuki, pese a ser una mujer encantadora, podían contarse con los dedos de una mano.
Layna y ella eran muy diferentes, chocaban en casi todas las opiniones y tenían gustos radicalmente opuestos, pero se apreciaban muchísimo la una a la otra. La admiración de Layna por ella se había transformado en amistad y cariño, del mismo modo que el perturbador físico de Layna había dejado de resultarle curioso para volverse gracioso.
Porque ambas se querían.

“Así que aparte de escribir, no te gusta hacer nada”, dijo Layna algo sorprendida, sacando a Natsuki de sus cavilaciones. Le sonrió.
“Bueno, sí que me gustan otras cosas, pero supongo que no pueden compararse”.
“Si es que lo que yo decía”, dijo Layna con una sonrisa y ojos brillantes de emoción. “Has nacido para escribir, eres mi…”
“…querida columnista”, terminó por ella interrumpiéndola.

Sí. Layna le caía muy bien.

sábado, 25 de julio de 2009

Ángel en prácticas Jas


Esta es la historia de Jas, un ángel en prácticas. Siguiendo más o menos la teoria de Fullmoon, Laura, Eli y yo decidimos que cuando una persona se suicidaba pero tenia el alma pura, se convertía en un ángel en prácticas.

Entre las tres creamos a tres personajes que han ascendido a ángeles en prácticas. Jas es mi personaje, y esta es la historia de como se convirtió en uno.


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Jasper Matteson era un chico normal. Vivía con sus padres y su hermano pequeño en una pequeña casa de la costa de Inglaterra. Desde la ventana de su habitación podía verse el mar, de un color gris intenso que competía con las nubes perladas del cielo, y al chico le encantaba pasarse horas observando el paisaje desde allí.
Sus padres, a pesar de su origen humilde, eran gente muy atenta y trabajadora, y criaron a los dos niños con mucho amor y dulzura. Jasper era feliz, muy feliz, y a sus cortos doce años de vida podía presumir de haber alcanzado un mayor grado de satisfacción que muchas otras personas de mayor edad.
- Como crece mi pequeño bebé – lloriqueó su madre Alice, un día medianamente soleado en que el muchacho había pedido permiso para ir a la playa con sus amigos.
- ¿Y qué hay de la visita a la abuela? – preguntó Roger, levantando la vista del periódico.
- ¿No puedo ir otro día? – se quejó Jasper con un puchero. Le apetecía mucho más pasar un día de calor en la playa que encerrado en casa de los abuelos. Su padre frunció los labios, pero la mirada de Jasper, parecida a la de un cordero a medio morir, hizo que acabara soltando un suspiro resignado.
- Menos mal que mi pequeñín aun no me abandona – dijo, soltando el diario para abrazar a Evan, que pareció encantado ante el mimo de su padre.
Jasper sonrió encantado y se dio la vuelta, recogiendo su mochila.
- ¡Hasta luego! – gritó a modo de despedida.

Jasper no volvió a ver a sus padres nunca más.

Los siguientes días sucedieron de una forma rápida y confusa. Sin darse cuenta de nada de lo que sucedía a su alrededor, Jasper se encontró rodeado de extraños en un orfanato de mala muerte, ya que no tenía ningún familiar que pudiera acogerles. Lo único que mantuvo en pie al niño – que, en cuestión de días se había convertido en un adulto a marchar forzadas – fue su pequeño hermano Evan, que había sobrevivido milagrosamente al accidente de coche y que acabó en el mismo orfanato que él. Jasper a penas se separaba de él, porque sentía la necesidad de cuidarle y protegerle ahora que nadie más lo haría, pero a la vez no sabía como portarse, porque Evan, a sus tiernos siete años, no parecía acabar de entender lo que había sucedido. Una terrible angustia se encontraba permanentemente anidada en su pecho, y se torturaba pensando en la forma tan descuidada en la que se había despedido de sus padres aquella maldita mañana en la que había ido a la playa. Tal vez si no hubiera sido tan cabezota y se hubiera quedado con ellos, las cosas habrían sucedido de forma diferente y en aquellos momentos podrían estar los cuatro tan ricamente en su casita de la costa disfrutando de un buen chocolate caliente. Jasper buscaba consuelo cuando consolaba a Evan. Abrazar al niño sollozante, o dormir con el entre sus brazos para que no tuviera pesadillas le reconfortaba y le hacía sentir importante, necesario. Si él no estuviera, Evan no tendría a nadie, y eso no podría soportarlo.
Jasper no podía fallarle a su hermano.


Con todo, el tiempo fue pasando, pero Jasper se dio cuenta, con angustia y preocupación, que el dolor en su pecho, el sentimiento de pérdida, no desaparecía.
Evan, en cambio, parecía ir superándolo poco a poco. Aunque había dejado de ser aquel niño nervioso e inquieto y ya casi nunca hablaba (se había vuelto un niño muy tímido y callado, casi taciturno), empezaba a comportarse con más naturalidad. Cada vez tenía menos pesadillas, aunque eso no había impedido que siguiera acudiendo a él cada noche para compartir cama, e incluso sonreía de vez en cuando. Jasper no podía ni tan siquiera devolverle aquel gesto, porque era como si los músculos encargados de la risa se le hubieran agarrotado tras tanto tiempo sin usarlos. Además, y aunque él era el mayor de los hermanos, tenía la desagradable sensación de que, a medida que pasaba en tiempo, era Evan quién trataba de consolarle a él – por eso dormían juntos, no porque Evan tuviese miedo, sino porque no quería dejar a Jasper solo con su tristeza -. Porque Evan era fuerte y lo estaba aceptando todo, superándolo. Mientras, Jasper tan solo era un muchacho débil.


A veces acudía al tejado para pensar. Solía ir solo, como cuando observaba el mar desde la ventana de su habitación, porque Jasper siempre había disfrutado del silencio – aunque en aquellos momentos el silencio fuera doloroso – y no sabía como compartir con los demás aquel sentimiento de reflexión que sentía cuando se encontraba perdido en sus rincones especiales.
La azotea del orfanato era casi tan deprimente como el resto del edificio: vieja, con un suelo gastado de hormigón gris y unas barandillas sencillas de hierro forjado. A parte de la puerta de acceso a las escaleras y el tubo de ventilación de la cocina no había nada más, y como las vistas desde el lugar – ciudad y ciudad – tampoco eran precisamente bellas, el lugar era realmente feo. Pero Jasper se pasaba horas y horas allí.
Subía, se tumbaba sobre el tejado con los brazos y las piernas abiertas y dejaba de pensar. Era muy agradable dejar vagar la mente en la inopia de aquella forma, porque entonces la tristeza y la soledad no le oprimían el pecho con tanta fuerza. Se sentía como si su alma se separase del cuerpo y se fuera volando allí donde el dolor no pudiera alcanzarla. Soñaba con el mar, con su color gris tormenta y sus olas embravecidas, soñaba con las montañas y el verde salvaje, y soñaba con sus padres, que les encontraba mientras vagaba por el cielo y volvía a estar con ellos.
Jasper se convirtió en un muchacho deprimente, casi tan deprimente como el orfanato y su vieja azotea, y lo único que impedía que realmente cumpliera con su desvarío y echara a volar por el cielo en busca de paz y de ángeles, era el pequeño Evan.


Un día, Jasper llevó a su hermano consigo a la azotea. Nunca lo hacía, pero aquel día decidió hacer una excepción sin motivo aparente. Evan lo acompañó, emocionado, y se tumbó con él en el tejado, con la mirada perdida en el cielo. Jasper le abrazó por la espalda, ambos sentados y distraídos. En ocasiones notaba la mirada de Evan fija en él, pero no despegaba la mirada del cielo nublado y se mantuvo en silencio durante horas. El crepúsculo se hizo presente, logrando con sus rayos anaranjados pintar todo el cielo, atravesar las nubes y llegar incluso hasta ellos. Jasper habló entonces, estrechando más fuerte a su hermano.
- Evan, ¿tú hechas de menos a papá y a mamá? – preguntó con voz neutra y la mirada interrogante del niño sobre él. Jasper le miró y Evan asintió, silencioso -. ¿Te gustaría qué fuera a buscarles? Así cuando les encuentre volveremos a estar juntos.
Había hablado con total tranquilidad, como quién habla de salir a dar un paseo o irse de vacaciones, pero en realidad el corazón le latía con fuerza, con miedo. Evan desvió la vista de nuevo hasta el cielo del atardecer, como si estuviera reflexionando. Jasper pudo leer en su mirada de niño una fortaleza enorme, aunque ni siquiera el niño parecía ser consciente de ella.
- ¿Dónde les buscarás? – Jasper grabó el sonido de la voz de Evan con deleite, para recordar su tono exacto. Su hermano respondió con convicción:
- En el cielo.
Y entonces, Evan sonrió y se acurrucó con más fuerza contra el cuerpo de Jasper. Él cerró los ojos y le abrazó todavía más, reprimiendo las ganas de llorar, porque sabía que estaba siendo muy cruel con Evan, y que el niño no merecía pasar por aquello otra vez.
“Pero él es fuerte”, se dijo Jasper convencido, “Muy fuerte. Lo superará”. Se le encogió el estómago al pensar que él no era ni la mitad de fuerte que Evan, y la opresión en su pecho aumentó, igual que la velocidad de los latidos de su corazón.
- Sabes que te quiero mucho, ¿verdad Evan? – le preguntó de repente, a lo que él asintió. Jasper tragó saliva y, tras un segundo de reflexión, le soltó para ayudarle a levantarse -. Bien, hermanito, ahora vuelve abajo, enseguida iré contigo.

Y con una última sonrisa, que Jasper se esforzó en esbozar para despedirse como dios manda, Evan se dio la vuelta y se fue.


Jasper dejó pasar unos minutos. La luz del crepúsculo iluminaba su silueta, de pié sobre el tejado, como si de una aparición se tratase. Su corazón, que instantes antes había latido desbocado, bombeaba suavemente, de forma acompasada, armonizando con su respiración y sus pensamientos. La mente de Jasper vagaba muy lejos, en el mar y las montañas, y la sonrisa que había esbozado para despedir a Evan adornaba su cara tranquila.
El dolor y la tristeza estaban más presentes que nunca, tal vez por eso Jasper se sentía tan tranquilo, tan seguro de lo que estaba a punto de hacer, pero no por ello actuó con precipitación.
Saboreó la luz y saboreó el viento. Gozó de la libertad y aceptó el sufrimiento. La determinación le quemó, eliminando cualquier rastro de culpabilidad o duda que quedase en él, y cuando dio un paso, el paso, todo su ser estalló en una infinidad de apoteósicos segundos en los que Jasper había deseado volar.

Y voló.




Despertó unos segundos más tarde, después de haber flotado en la mayor oscuridad del infinito durante una eternidad. La sensación de júbilo que recordaba haber sentido desapareció, dejando tan solo un enorme sentimiento de paz y libertad. Abrió los ojos para comprobar dónde se encontraba, y una claridad pura y cristalina impactó sobre sus ojos de una forma dolorosa y le hicieron gemir. Sin darse cuenta movió su mano hasta su cara para cubrirse de la hiriente luz, y se sorprendió de la ligereza con la que había realizado el movimiento. Sentía el cuerpo extraño, un hormigueo, como si no fuera suyo, como si aquello no fuera a lo que estaba acostumbrado. Trató de recordar donde estaba antes de dormirse, qué había hecho, pero tan solo fue capaz de recordar la luz del crepúsculo y una extraña sensación de opresión en el pecho. Lo demás era todo penumbra.
Se incorporó, parpadeando para terminar de acostumbrarse a la claridad que rivalizaba con las tinieblas de su mente, y se miró las manos. Seguía sintiéndose extraño. En el suelo, a su alrededor – el chico se sorprendió al ver que no iba desnudo, puesto que no había notado el tacto de la suave tela sobre la piel -, habían grandes fragmentos de lo que parecían los restos de un espejo. Se miró en uno de ellos y vio reflejado el rostro de un muchacho de unos veinte años que, aunque no conocía, le resultaba familiar. Se reconoció como sí mismo, ya que el reflejo parpadeó varias veces a la par que lo hacía él, con unos ojos grandes y azules, opacados por la tristeza, como si estuvieran vacíos. Se sorprendió con la amargura que mostraba aquel joven rostro, el suyo, porque no se asemejaba al sentimiento de libertad que sentía.
- Bienvenido al purgatorio, joven alma – dijo una voz a sus espaldas.
Se volteó con sorpresa, ignorando que hubiese alguien más allí, y se encontró cara a cara con el ser más bello que existiera sobre la faz de la tierra: alto y fuerte, con unos cabellos largos y sedosos que ondeaban aunque no hiciera viento, expresión de serenidad y mirada de paz. Aunque, sin duda, lo que más destacaba de él eran las enormes alas de plumas blancas, que radiaban de tal modo que hacían que la claridad del lugar pareciese luz sucia.
- ¿Quién eres? – le preguntó casi sin darse cuenta, mirándole embobado.
- Un ángel de la muerte – respondió con aquella voz profunda y aterciopelada -. Estoy aquí porque se te ha concedido una segunda oportunidad, Jasper.
¿Jasper? El muchacho supuso que se refería a él, pero no se sintió identificado con el nombre. Quiso corregir al ángel, pero cuando abrió la boca para hablarle, se quedó congelado.
No sabía quién era.
El ángel sonrió como si entendiera, y se acercó a él con paso liviano.
- Tienes un alma pura, puedes convertirte en un ángel.
- ¿Estoy muerto? – atinó a preguntar. El ángel le miró con una mezcla de tranquilidad y tristeza.
- Te suicidaste, Jasper.
Luego sobrevino el silencio. El muchacho frunció el ceño, incapaz de recordar nada, y con una creciente opresión en el pecho. No era exactamente dolor, más bien se sentía como si hubiese dejado atrás algo muy importante y no fuera capaz de recordarlo.
- No te preocupes – le dijo el ángel -, por tus recuerdos digo. No estás aquí para recordar tus errores del pasado, sino para empezar de nuevo.
Y entonces le acarició la cabeza.
- ¿Quién soy entonces?
- Eres mi pupilo, y yo soy Ezze, tu maestro. Como no recuerdas tu nombre del pasado, no te sirve de nada conservarlo, pero como la verdad es que me parece bonito, podríamos aprovechar su esencia.
>> ¿Qué quién eres? Eres un ángel en prácticas. El ángel el prácticas Jas.

Ángel en prácticas Alea


Esta es la historia de Alea, una ángel en prácticas. Siguiendo más o menos la teoria de Fullmoon, Laura, Eli y yo decidimos que cuando una persona se suicidaba pero tenia el alma pura, se convertía en un ángel en prácticas.
Entre las tres creamos a tres personajes que han ascendido a ángeles en prácticas. Alea es el personaje de Laura (por eso el dibujo), y esta es la historia de como se convirtió en uno.


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Aquel día era uno de esos durante los cuales ni siquiera puedes alegrarte de disfrutar del descanso eterno que proporciona la muerte. Las almas llegaron con abundancia, como si se hubieran puesto de acuerdo para morir a la vez, y los ángeles que se encargaban de guiarlas hasta el cielo – o el infierno -, los ángeles de la muerte, estaban más ocupadas que nunca. Sae y Ezze eran los que iban más con el agua al cuello, porque eran los encargados de controlar a los demás ángeles y sus almas, y aunque durante las jornadas de tránsito tranquilo se dedicaban a enseñarles a sus pupilos lo que debían hacer para poder convertirse en ángeles de verdad, aquel día les habían echado para que no molestasen.
- No estáis preparados – les dijo Ezze con su habitual voz serena dominada por la prisa (Sae ya se había esfumado hacía rato, blasfemando contra la cantidad de trabajo de una forma muy poco angelical) -. Cuando seáis ángeles de la muerte y os encontréis con un día así, desearéis volver a moriros.
Y se fue con una sonrisa, orgulloso de su propio chiste.

De aquel modo, Jas y Alea se quedaron plantados en medio del bullicio sin poder hacer nada. Jas miró a su alrededor con una mueca de disgusto, pensando que en aquellos momentos el purgatorio parecía más bien una estación de trenes o la recepción de un hotel, y sintiéndose incómodo al estar rodeado de tantas y tantas almas. Alea, en cambio, estaba en su salsa: sonreía anchamente, como si no le importase que toda aquella gente que estaba allí hubiese llegado después de morir en la Tierra, y lo miraba todo con sus ojos verdes y picarones, dando saltitos de excitación, ansiosa por hacer algo.
Jas la miró con reproche, lamentando que Lif, la maestra de Inami (la tercera ángel en prácticas), hubiera considerado que era capaz de atender sus obligaciones como ángel de la muerte a la vez que educaba a su pupila y se la hubiera llevado con ella. Inami era muy tranquila y callada, y aunque era la mejor amiga de Alea, su carácter concordaba mucho más con el de Jas.
El muchacho suspiró, resignado a pasar la mañana solo. Se negaba a quedarse allí plantado junto a la loca de Alea, por lo que se dio la vuelta para alejarse de la zona de llegadas.
- ¿A dónde vas? – quiso saber Alea a sus espaldas. Jas siguió andando con las manos en los bolsillos, fingiendo no haberla escuchado, pero Alea le alcanzó con su inamovible sonrisa -. ¡Jas! ¿Dónde vas?
Él se encogió de hombros y la fulminó con la mirada. Solo quería encontrar un lugar tranquilo en el que echar a perder la mañana, pero Alea y tranquilidad no eran precisamente sinónimos, por lo que no esperaba conseguirlo con ella pegada a sus pasos.
- Qué bien que tengamos el día libre, ¿verdad? – le preguntó ella con su alegre voz de pito -. Yo no tenía muchas ganas de dar clase hoy, porque últimamente Sae está más estricta que nunca con todo eso de la concentración y la espiritualidad y no para de gritarme, aunque entiendo que lo haga porque no le presto mucha atención, pero claro, tu todo esto ya lo sabes porque Ezze también es muy estricto. Lif es mucho más considerada en ese aspecto, pero el hecho que se haya llevado a Inami con ella hoy en lugar de darle el día libre como a nosotros hace que…
- Alea – la interrumpió Jas con el ceño fruncido, mareado por la cantidad de cosas que la chica acababa de soltar del tirón -. Cállate.
Ella puso morritos de frustración, pero se contuvo para no soltarle ninguna bordería y acabar discutiendo con él, cosa que provocaría tener que pasar la mañana sola. Anduvieron en silencio un trozo más, hasta que Jas consideró que se habían alejado lo suficiente del barullo y se dejó caer sobre el mullido suelo de nube blanca. Alea le imitó, callada pero sonriente, mirando a su alrededor en busca de cualquier cosa que pudiera ayudarla a divertirse. Jas la miró de reojo, alucinando al ver que incluso sentada en un lugar tan aburrido como aquel era incapaz de quedarse quieta.
- ¿Nunca te he dicho que odio que siempre estés sonriendo así, como si repartieras alegría? – le soltó de repente, sin darse cuenta. Alea le miró fijamente.
- ¿Nunca te he dicho que eres el muchacho más serio y amargado que me he echado nunca en cara? – le respondió son perder la sonrisa y su tono alegre. Jas la miró ladeando la cabeza, sin ofenderse en lo más mínimo.
- Lo digo en serio – le reprochó -, ¿acaso no sabes que lo que hiciste para llegar aquí estuvo mal?
Alea le miró ampliando aun más su sonrisa, si aquello era posible.
- ¿Allí?
Jas se incorporó para mirarla con atención. Alea sonreía igual que siempre, pero el chico creyó entrever algo en su mirada, algo diferente, forzado. Ellos dos nunca habían hablado en serio y a solas, de hecho casi todas sus conversaciones a solas (y las que no eran a solas también) habían acabado derivando en peleas causadas por sus diferencias, y cuando no peleaban trataban de no tocar temas espinosos para no engancharse, por lo que aquello les venía de nuevo a los dos. Lo único que sabían el uno del otro era que ambos eran ángeles de la muerte en prácticas, por lo que ambos se habían suicidado en vida.
Por algún motivo Jas no recordaba nada de su vida anterior, pero aquello no era demasiado común y nunca se había parado a pensar en que sus compañeras si recordaban su pasado y tenían que vivir con él. No recordar nada de su vida hacía que Jas se sintiera un poco triste y vacío, como si hubiese olvidado una parte muy importante de sí mismo, pero a la vez se alegraba porque así evitaba revivir los hechos que lo habían llevado al suicidio. Ese era el motivo por el que Alea le sacaba de quicio: en lugar de comportarse como cualquier otra persona con un pasado tormentoso, se dedicaba a sonreír y hacer el loco como si fuera muy feliz en el purgatorio, y de repente Jas sintió curiosidad por ese hecho, en lugar de molestia.
- Si, allí, con mi familia… Si es que se la puede llamar así - dijo Alea con un encogimiento de hombros, como si fuera lo más normal del mundo.
- Pero ¿cómo puedes vivir así? Yo no recuerdo nada de mi vida anterior y me siento mal por ello, y en cambio si tú lo recuerdas todo, ¿cómo puedes parecer tan despreocupada?
- Es una historia muy larga.
- Podré soportarlo. Tenemos toda una eternidad… - murmuró con sarcasmo, abarcando las nubes infinitas que les rodeaban - … o un día de fiesta, al menos.
Alea dejó escapar una risilla aguda y Jas se sorprendió al notar que la escuchaba con una sonrisa. Él nunca sonreía.
- Todo empezó cuando nací, hará ya unos 45 años – empezó a recitar, y luego sonrió -, como ves soy algo viejita. Bueno, pues yo nací en un país del norte de Europa, en una familia bienestante y algo chapada a la antigua. No sé si conoces el estereotipo de gente del norte: piel blancuzca, ojos azules y cabellos rubios y sedosos – Hizo una pausa y se señaló: piel pálida pero sin llegar a ser demasiado blanquecina, ojos de un profundo verde bosque y los cabellos rojos y rebeldes como el fuego -. Imagínate lo que ocurrió cuando mi padre me vio. Tanto él como mi madre poseen los típicos cánones de belleza nórdica, y como el suyo había sido un matrimonio concertado y sin amor, el hombre pensó que mi madre le había sido infiel y se enfureció. Nací en una familia sin amor y, por lo tanto, fui criada sin amor, por un padre que me odiaba y una madre que me rechazaba y no se preocupaba en absoluto por mí. Ella solo trataba de mostrarse perfecta de cara al exterior, aunque su vida fuese una mierda, porque aquel era su papel en la familia, y nunca pareció disconforme con él.
>> Además de ser diferente, yo era una niña, por lo tanto no era el heredero que mis padres esperaban y solo recibí, si cabe, más rechazo por su parte. Nací en la familia y la época equivocadas – se quejó con un suspiro profundo. Jas la miraba fijamente, prestando toda su atención. Alea sonrió con un deje de tristeza que nunca le había visto, pero sin perder del todo su orgullo y su aplomo -. Aunque no te lo creas, jamás salí de mi casa. Nunca. Ni una sola vez. Mi padre me lo prohibió, pues había dicho a sus conocidos que su primogénita había nacido con una salud muy delicada, y así evitaba pasar por la vergüenza de que otras personas influyentes como él me vieran y creyeran que no era su hija biológica, sino el fruto de una infidelidad. Me tuvo siempre encerrada, igual que encierras a un pájaro en su jaula, y vigilada para evitar que me escapase. Para él, yo no era nada más que un… - hizo una pausa, su sonrisa se había esfumado y parecía muy triste y descolocada - …un monstruo.
Jas le cogió la mano y Alea respingó, mirándole sorprendida, como si se hubiese olvidado de que el chico también estaba allí.
- ¿Fue por eso que te… suicidaste? – preguntó, impaciente. Alea negó suavemente con la cabeza, recuperándose un poco y esforzándose por esbozar una sonrisa.
- No, yo aguantaba. Incluso me esforzaba por convertirme en una hija ejemplar para que mi padre pudiera sentirse orgulloso. Pero un día, mi madre enfermó y no tardó en morir – no lo dijo con tristeza, simplemente como quién comenta un hecho -. Entonces empezó el verdadero infierno, porque mi padre descargó toda la rabia que le tenía sobre mí. No paraba de repetir que era todo culpa mía, que había traído la desgracia a la familia y que yo no debería estar…
No continuó, porque se le cortó la voz y se le llenaron los ojos de lágrimas. Ella se las limpió con un manotazo furioso, y Jas sintió que se le encogía el estómago. Nunca antes la había visto tan triste. Nunca.
- No hace falta que sigas – le dijo para consolarla.
- No, es que quiero hacerlo – murmuró Alea. Jas esperó en silencio a que se calmara y tras unos instantes la chica respiró hondo -. ¿Por dónde iba? ¡Ah sí! Llegó a pegarme y me prohibió llorar. A mí me dolía mucho, no por los golpes, sino por el hecho que fuera él quien me los diera. Supongo que a pesar de todo yo le quería, y deseaba que él también me quisiera…
>> Un día en el que estaba especialmente enfadado, cogió unas tijeras y me cortó el cabello. Yo lo tenía muy largo y bonito, pero él lo odiaba porque era la causa de su caída en desgracia y me lo cortó – murmuró acariciando sus rebeldes rizos, que le llegaban por los hombros -. Fue entonces cuando me di cuenta de que no podía más. Mi padre decía que yo no debería existir, yo misma empecé a pensar lo mismo, de modo que decidí cumplir su deseo…
La chica levantó su mano izquierda y desabrochó el puño de camisa que siempre llevaba puesto. Acarició su muñeca con mimo y luego permitió que Jas la viera: estaba llena de cortes.
- Espero que al menos se sintiera satisfecho con algo de lo que hice – dijo con amargura, refiriéndose a su padre -. Aunque fuera esto.

Jas no sabía que decir. Sentía que había sido muy injusto con Alea desde que había llegado, y le invadió una oleada de cariño por ella. De repente la vio como lo que era: una muchacha estupenda que había tenido que pasar por una experiencia muy dura y que se merecía disfrutar de toda la felicidad del mundo. Notó que también empezaba a verla como una amiga de verdad, como Inami, y supo que ella también lo consideraba un amigo, porque de otro modo no le habría contada nada de aquello.
Se miraron a los ojos y sonrieron, ella en paz y él con calma.
- Ahora ya sabes porque soy feliz aquí – le dijo con alegría verdadera -. Porque soy libre.
Luego le guiñó el ojo y se levantó, dejando a Jas mirándola confundido.
- Bueeeeeeeeno, me parece que me voy a molestar un poco a esos de allí – le dijo, señalando la dirección en la que quedaba el purgatorio -. Hasta luego.
- Hasta luego – murmuró él con una sonrisa, tumbándose en el suelo para disfrutar de la tranquilidad de la mañana. Alea se alejó dando saltitos, y Jas la miró atentamente, viéndola diferente a la chica pesada e incordiante que le había seguido hasta allí cuando solo quería estar tranquila.
- ¡Eh! – gritó Alea de lejos, mirándole -. Recuerda que no se lo puedes decir a nadie: ¡Es nuestro secreto!

Y Jas se puso rojo. Cerró los ojos, con más ganas que nunca de recordar su pasado, tal vez para lograr superarlo y ser feliz de una vez, como Alea, y seguro de tener a más de una persona dispuesta a escucharle para hacerle sentir mejor.
- Pobre Alea – pensó, pero en el fondo no lo sintió, porque ella no lo sentía, y eso estaba bien y le hizo sentir mejor.
Y luego se quedó dormido.